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lunes, 21 de mayo de 2012

YPF: ¿Cuándo?

 ¿Alguien puede negar que la decisión de avanzar hacia la nacionalización de YPF constituye una piedra basal para realmente recuperar la iniciativa estratégica en el marco de políticas económicas de fondo que se perdió a principios de la década del ‘90? La respuesta harto evidente es que no, pero, sin embargo, que los hay los hay. La burda simplificación sería hablar de apátridas, cipayos y todo el palabrerío politiquero carente de sentido que solemos oír desde el ultraoficialismo confesional, empero, la realidad es otra. La realidad, la cruel realidad, pasa por la constancia de un discurso instalado ya hace más de veinte años con los primeros intentos privatizadores encabezados por el funcionario alfonsinista Rodolfo Terragno. ¿La supuesta incapacidad de gestión por parte del Estado? No, ese no es el discurso, sino tan sólo una parte de él. El discurso se refiere a lo lógica general de acumulación del capitalismo en este momento concreto de la historia, y, lo cierto es que este gobierno, al cual apoyo fervientemente no sólo en esta medida sino que en la amplia bastedad de sus lineamientos generales, no ha sabido o no ha querido revertir el trasfondo de este discurso, sino tan sólo “humanizarlo”, por utilizar una terminología bien propia de la posmodernidad.




Sin embargo, estas líneas no son para hablar de eso, que en todo caso es parte del debate estratégico que debemos darnos quienes apoyamos al gobierno frente al ultraoficialismo confesional más allá de la coyuntura política e histórica que nos une. Estas líneas no apuntan a los grupos que se oponen a una medida que en su sentido general debería ser incuestionable, sino que habla hacia aquellos que de modo más rastrero, no impugnan ilógicamente el sentido sino la oportunidad.


Repiquetean en los medios muchos que gritan “Miren cuándo se tomó la medida, hace años que veníamos diciendo esto…” Muchos parten de la honestidad intelectual y política como es el caso de mi querido Mario Cafiero, pero otros no, otros tan sólo buscan diferenciarse a cualquier costa del gobierno y, tanto quieren diferenciarse, que les importa poco si el gobierno acierta o no.


El “cuando” es el leit motiv de esta oposición oportunista y también es la prueba de los intereses a que realmente responden. ¿Cuándo? ¿Por qué no se hizo antes? La respuesta es tan obvia que hasta resulta ridícula… “Porque se hizo cuándo se pudo”


¿Dos años atrás era posible avanzar sobre Repsol? ¿Dos años atrás era absoluta y totalmente necesario avanzar sobre Repsol? No y no. En primer término, Repsol es un instrumento económico del gobierno español y, vale decir, nuestra relación con España es un pilar fundamental de nuestra relación con la Unión Europea. ¿Es fácil avanzar sobre Repsol? No, es una decisión complicadísima desde muchísimos aspectos.


Dos años atrás, ni hablar una década atrás, aún había marco de negociación con Repsol, ni la crisis energética era tan pronunciada hasta antojarse irreversible, ni el problema fiscal que genera era tan acuciante. ENARSA, creada por el gobierno de Néstor Kirchner, podía sin dificultades extremas actuar mediante subsidios para sostener el precio de los combustibles en el mercado interno y le quedaba un resto para invertir en exploración que reemplazara paulatinamente las reservas agotadas. ¿Esta exploración se hizo de modo mucho menor al deseado? Es cierto, pero también lo es que Repsol sistemáticamente incumplió su parte del trato y eso exigió que ENARSA destinase cada vez mayores sumas para sostener el precio de los combustibles. La ecuación es simple, saco de un bolsillo para llenar el otro, al poco rato, tendré nuevamente un bolsillo vacío.


¿Se podría haber denunciado a Repsol por incumplimiento contractual y revocar concesiones? ¿Se podría haber expropiado mucho antes? ¿Se podría haber negociado una compra “amistosa” por parte del Estado de las acciones de Repsol en YPF? La respuesta a todo esto es que sí, pero, también lo es que no se pudo. ¿Por qué? En primer lugar, implicaba una gran erogación de dinero que bien podían ser utilizada en áreas donde la demanda era más urgente (y el Presupuesto Nacional no es infinito como muchos parecen creer). En segundo lugar, nos podría haber traído aparejado un grave conflicto diplomático en momentos donde la prioridad era no abrir nuevos frentes y mucho menos con aliados tradicionales de nuestra política internacional como lo es y lo ha sido España. ¿Alguien con dos dedos de frente piensa sinceramente que siendo una economía defaultada podíamos prescindir de la ayuda española y de su peso específico en ese momento para renegociar condiciones con la Unión Europea? Quién lo piense es un imbécil, es más, no sólo necesitábamos a España sino que la necesitaríamos aún hoy si las cosas no hubieran cambiado para ellos, lo cual nos lleva hacia la tercera razón.


Sencillamente, España hoy no tiene el peso específico que dos años atrás, hoy España es un lastre y no una ayuda. Vemos en los noticieros internacionales a Sarkozy, de una excelente gestión más allá de las diferencias ideológicas, tratando de despegarse a toda costa de la crisis española ante su casi segura derrota en las elecciones francesas. ¿Por qué perdería Sarkozy? ¿No es él quien logró posicionar a la opacada Francia en el marco internacional? Pues bien… ¿Por qué va perdiendo? Gracias a España y gracias también a sus aciertos, es que el reposicionamiento francés en el marco internacional también hace a Sarkozy directamente responsable de las crisis griega y española, y, es justo que así sea. España, junto a Grecia, son las manchas de quien en gran medida llevó la voz cantante de Europa en los últimos años.


España hoy es un aliado incómodo, a punto de perder gran parte de su autonomía política y económica ante las exigencias de Europa, y, en definitiva, la manzana podrida en el cajón. Esta España no es la de hace dos años, Estados Unidos y Europa le dan un enorme abrazo de oso mientras coquetean con nuestro gobierno (véase la catarata de halagos de Barack Obama en la última Cumbre de las Américas). Es más, este es un golpe mortal a la economía española y resulta hasta enternecedor ver a Rajoy mendigando apoyo tan irrelevantes internacionalmente como el de Colombia.


¿Por qué ahora? ¿No les resulta claro? Porque la sangre ya llegó al río en materia energética y no se puede demorar más una decisión. ¿Por qué ahora? ¿No les resulta claro? Porque la posición internacional de España es tan endeble que no nos hace temer vigorosas represalias económicas. ¿Por qué ahora? ¿No les resulta claro? Sencillo, simple análisis de costos y beneficio, simple oportunidad política de actuar. Fue ahora porque se pudo hacer y se hizo necesario hacer… Lo demás, en fin, parafraseemos a Kicillof… ¿Criticaríamos a los hombres de Mayo por no establecer la Primera Junta en el año 3 Antes de Cristo?










Rosario, Abril 21 de 2012

lunes, 25 de enero de 2010

Saavedra, el prisionero

Repitamos, con riesgo de aburrirnos, nuestra tesis base. Mayo no fue una revolución, sino un golpe cívico-militar en dónde la élite porteña decide encaramarse a un proceso sí revolucionario que venía desarrollándose desde varias décadas antes. Más allá de algunas buenas intenciones, Mayo de 1810 es fruto del cálculo desapasionado y no del patriotismo. En segundo lugar, a partir de este suceso, veremos lentamente como la pretendida lucha emancipatoria pasa a tornarse en la guerra de conquista que la élite porteña desarrolla sobre el resto del territorio virreinal, o, al menos, la parte que le resulta interesante de él.
La Junta queda compuesta por seis hombres que ejercían el poder y tres que cumplirían funciones administrativas y decorativas. El poder real de la Junta, sus vocales representarían en rasgos generales los intereses que fugazmente convergerían en las jornadas de Mayo. Dos eran parte de la clase comerciante, Larrea y Matheu, otros tantos del partido radical, Castelli y Belgrano, y por los sectores tradicionalistas, es decir los hacendados, figuraban el clérigo Alberti y el militar Azcuénaga. Llama de modo especial la ausencia de Martín Rodríguez en la Junta, dada su vital participación y no despreciando el hecho de fuera quién arrancó la renuncia de Cisneros a punta de pistola. Es más, sorprende que el patriciado porteño no impusiera hombres de mayor prestigio en la Junta, sino figuras relativamente secundarias, quizás esto pueda atribuirse a que el pensamiento de Rodríguez, y de Pueyrredón especialmente, no estaba tan lejos en ese primer momento de lo sostenido por los radicales Castelli y Belgrano.
No resultaría improbable, dada la posterior actividad política de ese patriciado de los hacendados porteños, que se optase por imponer dos figuras de escasa relevancia y que fuera del agrado del más decorativo de los tres adornos que completaban la Junta, es decir, su Presidente, Cornelio Saavedra. Si los secretarios de la Junta, Paso y Moreno, resultaban casi decorativos, lo cierto es que ejercían un considerable poder al llevar la diaria administración de la Junta y la ejecución concreta de sus medidas. Paso, cercano a Castelli y Belgrano, y sobretodo el hiperactivo Moreno, cercano a Larrea aunque con buenas relaciones con los primos que realmente direccionaban la Junta, constituían los instrumentos reales de gobierno. Saavedra, por su parte, era un adorno, cosa que tampoco parecía desagradarle en absoluto, como podemos inferir de su petulante “Memoria autógrafa”.
En los hechos, el ostentoso cargo de Presidente era ejercido sin apoyo alguno, debiendo acatar las decisiones previamente concordadas entre radicales y comerciantes con el seguro aval del patriciado. Sus supuestos “apoyos” fallaban ya por su falta de peso real, ya porque en realidad estar más emparentados a las ideas radicales que a los preceptos temperados del perito en madurez de las brevas. Si una serie de hechos no hubiese roto la precaria alianza entre radicales, hacendados y comerciantes, de no haberse producido un enorme vacío de poder con las partidas de Castelli y Belgrano al frente de las Expediciones Auxiliadoras y si este vacío no hubiese sido llenado por un estúpida incompetencia enajenada de Moreno que terminará por mal predisponer sobre sí a todos los sectores de la capital y todos los pueblos del Virreinato. Si todo ello no hubiese sucedido, quizás Saavedra hubiese pasado al olvido mucho antes y no hubiese gozado de la breve gloria que le otorgó un nuevo golpe cívico-militar dado el 6 de abril de 1811.
Sin embargo, el perito en madurez de las brevas, Saavedra, ya era para aquel tiempo presa del nuevo juego de fuerzas. La Junta Grande era conducida por el diputado enviado por un recién retornado Pueyrredón que rápidamente se había hecho con el estratégico puesto de Gobernador de Córdoba. El deán Gregorio Funes, se convirtió a partir de diciembre en el verdadero poder de la Junta, poder sólo dificultado por los restos de la oposición del partido radical, con el incapaz Moreno rumbo a Inglaterra, con el escaso carisma personal de Paso y con Castelli y Belgrano envueltos en campañas militares, el partido radical se hallaba debilitado y sin un líder claro, pero resultaba aún capaz de incidir fuertemente como demostraría en las elecciones de reemplazantes de los miembros originales de la Junta, todas suplidas por adictos a este partido.
El golpe del 6 de abril dado por la concordancia del movimiento orillero y los hacendados porteños, desplazará finalmente al partido radical, pero, más allá de una invocación muy poco sincera a la figura de Saavedra, lo cierto es que su figura resultaba más un estorbo que otra cosa a quienes definieron el juego de poderes para sí. La brutal derrota de la Expedición Auxiliadora del Alto Perú en Huaqui cumplirá un doble papel de vital importancia para quienes se habían hecho con el poder, por un lado, eliminar la amenaza de Castelli, dispuesto a marchar sobre la capital tras derrotar a los regentistas, y, por otro, la oportunidad de deshacerse cortésmente de Saavedra enviándole a sustituir a quien veía como su enemigo político. En el lejano noroeste, Saavedra se enterará que ha sido destituido y que ha comenzado el lento olvido al que se verá sometida quizás la figura más decisiva para que el golpe del 25 de mayo alcanzase el éxito.

Las facciones de Mayo


La supuesta historiografía nacional ha logrado instalar no tan sólo alteraciones interpretativas, sino auténticas falacias cuyo único fundamento son los enconos que uno u otro protagonista histórico pudiese tener, estas imprecisiones que escasamente pueden resistir un análisis científico parten con el mismo 25 de mayo de 1810 y las zonceras que sobre las facciones actuantes se sostienen, en concreto, el supuesto enfrentamiento entre saavedristas y morenistas es un invento ridículo que solo puede sustentarse en las cuestionables afirmaciones de Saavedra en su “Memoria autógrafa” y de los miembros de la Sociedad Patriótica tras la prematura muerte de Mariano Moreno.
Unos y otros se encontraban interesados en sobredimensionar la importancia de personalidades cuyo peso real en los sucesos de Mayo fue relativamente marginal, el 25 de mayo de 1810, morenistas y saavedristas simplemente estaban ausentes, tanto el uno como el otro fueron instrumentos de las facciones en pugna y de los juegos de poder posteriores al golpe. ¿Cuáles eran las facciones de Mayo? Aún hoy es difícil decirlo, gran mérito de ello está en la ausencia de una historiografía nacional, pero, sin embargo, el problema real radica en la complejidad de los intereses que se entrecruzaban, intereses que, por ejemplo, llevarían a Artigas desde su actuación en la represión del juntismo a convertirse en el mayor y más claro defensor de la causa americana.
Globalmente, se podría hablar de tres orientaciones cuyos intereses concurrirán en los sucesos de Mayo, a su vez, estas orientaciones responden a grupos específicos de los sectores sociales presentes en la vida colonial.
Aunque enormemente influyente, el grupo menos relevante para los sucesos de Mayo es el de los comerciantes. En términos generales, este grupo, ligado a la intermediación parasitaria del juego de importaciones y exportaciones, tendrá como único objetivo lograr pautas de libre comercio que le permitan acceder a tasas de ganancias mayores que las impuestas por las restricciones aduaneras del régimen virreinal. Su interés o no en la emancipación era simplemente circunstancial, dónde las aspiraciones de independencia sólo le favorecían. El peso posterior de este sector será gravoso para la historia argentina, ya allí, vemos a un grupo de intermediarios portuarios y una lacra de doctorcitos que los secundan que se constituyen como un peligroso poder tras el trono. Sin embargo, si bien esta clase comerciante adherirá mayoritariamente al golpe cívico-militar del 25 de mayo, lejos estará de provocarlo y menos aún de conducirlo, simplemente advirtió en él una buena posibilidad y adhirió en las postrimerías de su preparación.
Si la postura de la clase comerciante fue meramente oportunista, el sector cuya acción fue más decidida es el de la pequeña burguesía profesional vinculada a la burocracia colonial, este grupo, a diferencia de los doctorcitos a sueldo de los importadores-exportadores, desarrollará su carrera y su prestigio en la gestión pública. Las principales figuras serán Juan José Castelli, antiguo regidor del Cabildo y secretario suplente del Consulado, Manuel Belgrano, secretario del Consulado, y Juan José Paso, agente fiscal de la Real Hacienda y profesor del Real Colegio San Carlos. Sin dudas, este grupo aportará la visión más completa y profunda a las jornadas de Mayo, la pasión de Castelli y el afán organizativo de Belgrano, respaldados por el enorme prestigio de Paso, darán forma a lo más activo de los golpistas. Sin embargo, su limitación estaba en las propias bases que se hallaban circunscriptas a la juventud acomodada de la capital virreinal, su democratismo era en gran medida abstracto y carente de un sujeto histórico, ni el decidido apoyo del militar Domingo French, organizador de los “chisperos”, primero, y del Regimiento de la Estrella, más tarde, logró revertir su carencia de apoyos entre quienes eran los actores decisivos del golpe, es decir: los orilleros y las milicias.
La tercer orientación será la forma embrionaria del partido de los hacendados porteños. Terratenientes de fortuna y comerciantes por mérito propio, devenidos en jefes militares de la aldea en armas en que se convirtió Buenos Aires tras las invasiones inglesas. Si Martín Rodríguez fue el más claro exponente de esta orientación, su figura arquetípica es Juan Martín de Pueyrredón, el cual no participa del golpe por hallarse en Río de Janeiro entablando relaciones con el partido carlotista. Como tiempo después será Rosas, Pueyrredón era una suerte de aristócrata criollo pero también un líder popular, hombre entregado al manejo personal de su hacienda había tejido una estrecha relación con las capas más bajas de la población, es decir, los orilleros y las gentes de la campaña, como demostró en el combate de Perdriel, era capaz de liderar hombres de las capas más bajas pero dispuestos a luchar hasta la muerte por la figura del hacendado que en el esquema semifeudal de la Colonia adquiría un rango paternal. La necesidad de poner a la población en armas ante la amenaza británica, puso a estos hacendados como líderes naturales de las milicias. La victoria sobre el invasor, la imposición de Liniers como Virrey el desbaratamiento del complot de Álzaga aseguraron, dentro de esta compleja alianza entre la oligarquía y los sectores populares, la convicción de que los criollos no necesitaban la tutela de los peninsulares y que estaban maduros para darse su propio destino.
La designación de Cisneros, en los sectores populares, fue resistida pues representaba una regresión de la autonomía alcanzada y demostrada. Sin embargo, en este embrión del partido de los hacendados porteños, las ideas enmancipatorias venían de larga data. En los hechos, compartían su clase con la pequeño burguesía profesional, su formación intelectual era muy similar, imbuida del pensamiento jesuítico y exaltada por las revoluciones burguesas de Estados Unidos y Francia. Sin embargo, dos cosas los separaban de la pequeño burguesía profesional. Por un lado, su asiento en una base social real dada por su prestigio en las capas más baja de la población y por su condición de jefes de las milicias criollas, es decir, a diferencias de Castelli o Belgrano, los hacendados contaban con los medios necesarios para ejecutar el golpe. La segunda diferencia venía dada porque tenían un interés económico real, lo suyo no era una mera abstracción liberal, sino que tomaban su conciencia como auténtica fuerza productiva del Virreinato.
Decaída la producción minera del Alto Perú, el poder de los hacendados titulares de curtiembres y saladeros crecía paulatinamente, poco a poco, se tornaban en el poder real de la Colonia, su propia conciencia de clase los hacía desear la toma de decisiones para sí y no para los peninsulares que actuaban como parásitos de la riqueza producida. Con Pueyrredón lejos, sólo le restaba encontrar una referencia capaz de generar los consensos que Rodríguez no lograba.
En estos sectores, cabe preguntar dónde participaban Moreno y Saavedra, pues, la respuesta simple es que en ninguno. Las posturas de Saavedra son de notoria y clara ambigüedad en los días previos al 25 de mayo, poco ayuda su “Memoria autógrafa” y la consabida frase sobre la madurez o no de las brevas. Sin embargo, Saavedra se había tornado en árbitro de la política virreinal por comandar el cuerpo más numeroso de cuántos se habían formado tras las invasiones británicas, como Comandante de los Patricios y tras su decisiva actuación para desbaratar el complot de Álzaga, resultaba una figura simplemente ineludible para el éxito de cualquier tentativa golpista.
Sólo circunstancialmente se puede vincular a Saavedra con una u otra de las facciones golpistas, si bien pertenecía a la misma clase que Pueyrredón y Rodríguez, su carácter lo había puesto siempre bastante lejos de las conspiraciones que ya desde el gobierno de Sobremonte se abatían sobre la autoridad virreinal. Se han supuesto ciertas simpatías por el carlotismo, pero, a ciencia cierta, son escasas las evidencias concretas. Por su parte, sus modos atemperados lo hacían una figura con prestigio incluso ante quienes exhibían una oposición radical al golpe, es decir, los funcionarios peninsulares y los comerciantes monopolistas, ello, sumado a su predicamento sobre las clases más bajas y su ineludible condición como titular del decisivo cuerpo de Patricios, lograban que Saavedra fuese el hombre justo para encabezar el golpe, el único inconveniente era su escasa predisposición y su particular visión de cuándo una breva está madura o no. ¿Saavedra promovió el golpe del 25 de mayo contra Cisneros? Más bien fue el hombre a convencer para que el golpe funcionara, ello se logró y la decisiva movilización de las milicias y los orilleros selló la suerte del régimen virreinal.
Por su parte, Moreno… Moreno… ¿Cuál fue su participación previa al 25 de mayo en la conspiración? Se han realizado notables esfuerzos por vincularlo al grupo de Castelli y Belgrano, pero son escasas las probanzas de ello. Se sabe a ciencia cierta de su participación en la conspiración de Álzaga contra Liniers, luego su intervención como funcionario de Cisneros y la redacción de la “Representación de los hacendados” en respaldo de una ordenanza de Cisneros que perjudicaba al monopolista Álzaga, de Moreno se sabe… Se sabe de sus constantes cambios de bando, a los cuales siempre adhería con igual efusividad, pero, lo cierto, es que hasta el 26 de mayo de 1810 no profirió ni una idea “patriota”, ni escribió una línea en el Telégrafo o en el Semanario, órganos de difusión del pensamiento revolucionario muy anteriores a la Gaceta, y, mucho menos, tuvo una participación destacada en el Cabildo Abierto del 22 de mayo. Por lo demás, su convocatoria a la Junta se suele adjudicar a su dominio de los idiomas, a su excelente relación con los agentes británicos y a su cercanía con Larrea. Cómo se convirtió un botarate en el más férreo defensor del jacobinismo es una intriga, pero mayor intriga resulta de saber cómo alguien que tuvo una participación totalmente nula en la semana de Mayo pudo haber tenido partidarios en aquel momento

miércoles, 6 de enero de 2010

Bienvenidos al reino del revés

¿Quién es Martín Redrado? Para hacerla corta y no andar con vueltas, digamos que fue uno de los tantos “jóvenes brillantes” con los que se rodeó Carlos Saúl Menem durante sus dos mandatos presidenciales, en otros términos, un muchachito muy “chic” de Barrio Norte que desde chiquitito aprendió a servir a las transnacionales, así que si alguien allá por 2004, cuando fue designado como Presidente del Banco Central, avizoraba que los caminos de Redrado y de la causa nacional coincidirían seis años más tarde, seguramente que hubiéramos reintroducido el uso de la hoguera para semejante orate que realizaba una afirmación que sólo podía ser obra de una “posesión satánica”, sin embargo, parafraseando a Rubén Blades, este Bicentenario te da sorpresas, sorpresas te da el Bicentenario…



Que este Bicentenario nos agarre con sorpresas que si no terminan siendo hasta gratas, al menos, algo de satisfacción generan, tampoco puede hacernos olvidarnos de quién es Martín Redrado y creernos que ahora, negándose a entregarles nuestras reservas a la banca transnacionalizada, Redrado se ha convertido en una suerte de patriota, porque a pesar que la Asociación de Bancos Privados de Argentina exija a los gritos su renuncia y lo haya declarado enemigo público número uno de la libertad de comercio, el derecho a la propiedad (obviamente privada) y de la seguridad jurídica (que sólo debe, según estos energúmenos, garantizar únicamente las dos cuestiones precitadas), no nos preocupemos que Redrado sigue trabajando para los mismos patrones de siempre y esta inverosímil pero real coincidencia con el interés nacional no es más que esos accidentes que se dan más o menos cada doscientos años en la historia, justito para hacer juego con el Bicentenario.
Ahora. ¿Por qué nos satisface esta sorpresiva actitud de Redrado? ¿Acaso somos furibundos antikirchneristas? Nada más lejano de la realidad, dijimos y decimos que a este gobierno hay que sostenerlo hasta diciembre de 2011 frente a propios y extraños, pero también hemos señalado hasta el hartazgo que la política del oficialismo es buscar una negociación con el bloque hegemónico, negociación que garantice la supervivencia del kirchnerismo tras 2011 como pata progresista de un bipartidismo reformulado. En tal delirio, porque no es una estrategia sino un delirio sin bases en la realidad, intenta presionar al bloque hegemónico con medidas que lo restringen relativamente, mientras que por otro lado le entrega concesiones enormes como los pagos antes de tiempo al Club de París, el veto a la Ley de Glaciares en favor de las mineras y petroleras, o, ahora, el engendro este del Fondo del Bicentenario que le garantiza a la banca privada un negocio fenomenal con el que cierra el círculo iniciado con la estafa del “corralito” allá por 2001.
Meternos en “por qué” un truhán de la calaña de Redrado se opone a una medida radicalmente nociva al interés nacional, es un tanto difícil, como mucho podemos dar una explicación seudo-psicológica recordando que Redrado después de todo es un ortodoxo y ahora que compró un par de libritos de Keynes y anda copado con esas cosas, que le saquen el chiche del Fondo Anticíclico lo ha puesto mal y reaccionó con uno de sus caprichitos muy propio de nene bien de Barrio Norte. Sin embargo, como Redrado es bastante más nocivo que un nene caprichoso, bien hacemos en creer que sus motivos son considerablemente más retorcidos que esta explicación seudo-psicológica, pero, en fin, repetimos, así como cuando vimos que la Sociedad Rural pedía la cabeza de la Presidente Fernández, no nos cupieron dudas de que debíamos tragarnos las diferencias por un rato y cerrar filas con el oficialismo frente a la embestida destituyente, ahora, cuando vemos que la Asociación de Bancos Privados es la que pide la cabeza de Redrado, resulta bastante coherente que reaccionemos exactamente en el mismo sentido y cerrar filas con el “destituido” viendo quienes son los que se ponen enfrente.

El centro de la cuestión: ¿Qué es el Fondo del Bicentenario?
Primero, lo primero, desde aquí, somos alérgicos a las reservas con esteroides que ha acumulado el Banco Central en estos años, al igual que Perón cuando eliminó la garantía en metálico de la moneda nacional, creemos que el mejor respaldo al valor de la moneda no es otro que el desarrollo de la producción industrial y la solidificación del mercado interno. Acumular reservas en un fondo anticíclico “por si hay crisis” nos parece una zoncera y un desperdicio de recursos que debieron utilizarse antes para diversificar la economía y, precisamente, evitar la crisis. Si esto nos parece un desperdicio, seguir manteniendo un fondo anticíclico cuando la crisis se ha desatado, los precios se han disparado y la recesión se siente desde los sectores medios para abajo, esto, en definitiva, ya resulta una irremediable zoncera cuando no, directamente, una muestra flagrante del delirio que implica tratar de ocultar el sol con la mano.
No nos gusta guardar el dinero bajo el colchón cuando no tenés para un paquete de fideos, es alterar el más elemental orden de la vida. Empero, menos nos gusta que, cuando no hay para un paquete de fideos, le paguemos al vecino rico un asado con molleja y todo, al cual, para colmo de males, no nos invita.
El Fondo del Bicentenario es exactamente eso, pagarle un asadito al vecino rico. En concreto implica transferir el 37 % de las reservas, la friolera de US$ 6.569 millones a la banca privada, sí, precisamente, a los amigos de la Asociación de Bancos Privados. Por si no se entendió, vamos a sacar una “banda de guita” de nuestros bolsillos para que los señores que lo estafaron en el 2001 con el “corralito” y en el 2002 con la “devaluación asimétrica” tengan garantía de los negocios que vienen haciendo con esos esos “manguitos” que le soplaron. ¿Lo entendió? ¿No? Bueno, acá le entrego una explicación más fácil: “Loco, te están cagando”. Bueno, y, además, sepa que además que lo cagan, usted va a poner la guita para que lo caguen.
Después está la incompresible aritmética de que, si tengo US$ 18.000 millones, para qué voy a ir a pedir X millones comprometiéndose a pagar a futuro dos o tres veces la cifra que entreguen. Explicar semejante cosa está fuera de nuestro alcance, sirva como humilde recomendación, aquí en Rosario, pasar por el prestigioso Departamento de Matemáticas del Instituto Politécnico Superior y ver si alguien allí puede dar con un teorema que explique tamaña zoncera.
El problema sería, en una versión gráfica, el siguiente:

Amado Boudou: Martincito, querido, liberame unos manguitos de las reservas para nuestros amigotes de Adeba…
Martín Redrado: Amado… ¿Vos estás en pedo?
AB: No… Lo que pasa es que los pibes se pusieron medio pesados y dicen que si no, nos voltean antes del 2011, tirémosle el hueso para que se calmen…
MR: Amado… ¿No te acordas del Megacanje, del Blindaje…? Es la misma que le hicieron al Maestro (n.r.: forma en que estos truhanes se refieren a su mentor: Domingo Felipe Cavallo), en seis meses se nos prende fuego todo…
AB: Tranqui… El “Pingüino” me dijo que tenía todo solucionado…
MR: ¿Cómo con las retenciones? Te recuerdo que trabajamos para Adeba, siempre fuimos garcas, Amado, siempre…
AB: Dejate de joder, Martín…
MR: No me rompas los huevos, no te doy un carajo…

Más gráfico imposible, pero así son las cosas en el reino del revés, donde un truhán como Martín Redrado termina defendiendo el interés nacional y el gobierno “nacional, popular y profundamente transformador” (sic de Luis D’Elia, quién antes decía lo mismo del interregno de Duhalde) hace frente común como Adeba y avanza con un cavallista de la vieja guardia como Mario Blejer. Cómo diría un conductor televisivo que tuvo su momento de gloria hace un par de años: ¿Vos de qué lado estás…?

domingo, 27 de diciembre de 2009

Sobre el foquismo

Un amplio sector de la autodefinida izquierda entiende que la única política revolucionaria posible hoy se encuentra atada a la lucha dentro los estrechos límites de la institucionalidad democrática-burguesa que nuestras castas dirigentes han establecido como sustento de su poder. Sin embargo, no hay revolución sin violencia, por el simple hecho objetivo de que las castas dirigentes no permitirán la subversión del orden social vigente sin movilizar toda la fuerza represiva de que disponen.
Tanto la lucha dentro de la institucionalidad democrático-burguesa como la lucha armada no son más que tácticas que tienden a profundizar las contradicciones existentes en el régimen capitalista, la oportunidad de una u otra de ellas dependerá de la concreta especificidad histórica, pero de ningún modo ni una ni la otra representan la estrategia revolucionaria propiamente dicha.



La estrategia socialrevolucionaria no es más que empujar las contradicciones hasta un punto de no retorno dónde la casta dirigente a la defensiva sólo puede intentar mantenerse mediante la derogación de toda máscara liberal-democrática. El resultado de este momento depende de la capacidad que las fuerzas socialrevolucionarias tengan para profundizar aún más la ofensiva y establecer un estado insurreccional generalizado, si, desde ellas puede establecerse una organización que alcance la hegemonía necesaria para direccionar las fuerzas desatadas, la situación pasará de la insurrección anárquica a la lucha revolucionaria propiamente dicha.
Sin embargo, hoy la negación de este punto de confrontación necesario para dar el asalto al poder, lo cual, es necesariamente diferente al gobierno. En realidad y sin caer en la famosa tesis stalinista de la revolución por etapas, la estrategia de la lucha revolucionaria prevé momentos diferenciados caracterizados por la predominancia de tácticas diferentes. En tal contexto, la vía armada surge como posible en dos momentos muy disímiles, el uno y más característico, cuando el auge de masas marca un punto de inflexión dónde las fuerzas socialrevolucionarias deben comenzar a dar repuesta en el plano militar a la represión generalizada que se impone desde el Estado; el otro, clara y diametralmente diferente, es cuando el repliegue de masas llega a tal grado que empuja a las fuerzas socialrevolucionarias a la semimarginalidad haciendo que, aisladas de los frentes de masas, su única forma de resistencia y propaganda revolucionaria sea un constante y progresivo accionar violento.
Entre ambos momentos las tácticas serán disímiles pero no excluyentes, pues el programa revolucionario debe prever necesariamente el estallido insurreccional y deben formar con anterioridad una organización capaz de actuar en dicho escenario inevitable. ¿Las organizaciones socialrevolucionarias deben darse a la formación de guerrillas de carácter semiclandestino? Nada más lejano de la realidad, la lógica y la cordura, quién hoy diga desde el campo autodenominado de izquierda que su organización pretende la clandestinidad no hace más que confirmar su carácter tributario a las castas dirigentes.

La caricaturización del “foquismo”
Los reformistas han realizado un ingente trabajo por demonizar la lucha armada y, con ello, desprestigiar toda concepción violenta de las tareas socialrevolucionarias, es decir, impugnar la necesidad insurreccional pretendiendo que debemos darnos política sólo en el estrecho marco de la institucionalidad democrática. En este sentido, han usado hasta el hartazgo la máxima guevarista de que no puede intentarse la vía armada mientras exista incluso una triste parodia de democracia, estos tributarios de la casta dirigente ocultan que su prédica solamente apunta a eternizar la triste parodia de democracia en lugar de empujarla a la crisis que permita el salto cualitativo de la lucha socialrevolucionaria.
Este argumento maniqueo suele centrarse en dar el rango de teoría a la prédica foquista que desarrollara Ernesto “Che” Guevara, quién no fue ni quiso ser un teórico. Lo que ampulosamente han dado en llamar “Teoría del Foco” no es más que el trabajo publicitario y no teórico de una de las tantas tácticas revolucionarias posibles, y como tal, atada en su utilidad a las condiciones histórico-sociales específicas, precisamente, dicha advertencia de Guevara utilizada hasta el hartazgo por el reformismo de izquierda marca que él mismo la impugna como teoría general de las tareas socialrevolucionarias.
En primer lugar, la idea foquista no refiere únicamente a la Revolución Cubana, sino que toma dicha experiencia en relación con las de China, Argelia y del sudeste asiático, con lo cual se adscribe a las experiencias de guerra popular prolongada. En la especificidad de la experiencia foquista, la guerrilla, o en su caso el ejército irregular, no opera como vanguardia del movimiento revolucionario sino que representa todo lo contrario, es, precisamente, su retaguardia.
Las acciones de Guevara en África y Bolivia son clara muestra que en la llamada “Teoría del Foco” el “foco revolucionario”, la guerrilla, no ocupaba el lugar protagónico que el reformismo de izquierda le pretende conferir. Lejos de eso, el foco es parte de una acción ofensiva mucho más compleja de las fuerzas revolucionarias, acción que se despliega en todos los ámbitos del régimen capitalista semicolonial. En términos generales se trata de una campaña progresiva en todos los frentes yendo desde la lucha sindical a la disputa dentro de la institucionalidad burguesa, pasando por los frentes juvenil y territorial, procurando acorralar sobre sí misma a la casta dirigente de modo tal que sólo pueda intentar sobreponerse mediante el desenmascaramiento de todo principio liberal-democrático.
En tal escenario, la guerrilla es la retaguardia de la política revolucionaria en dos aspectos centrales. Por un lado, desde lo defensivo, actuando en espacios territoriales de difícil acceso lleva a la casta dirigente a dividir su accionar represivo en dos escenarios: el rural donde se enfrenta a la guerrilla y el urbano donde el descontento, por la extrema radicalización explotación capitalista, va generando un clima insurreccional. Por otro lado, desde lo ofensivo, genera las bases de un juego de doble poder, la guerrilla en las zonas rurales y el Estado semicolonial en los centros urbanos, que corroe directamente la base de sustentación de la casta dirigente. Un excelente ejemplo de esta tesis se da en el texto “Poder burgués, poder revolucionario” escrito por Mario Roberto Santucho en 1974 como tesis de acción política del Partido Revolucionario de los Trabajadores, más allá de la crítica a caracterizaciones erróneas llevadas a cabo por uno de los talentos intuitivos más grandes que dio la lucha antiimperialista entre 1955 y 1976, cabalmente se puede entender en este texto la complejidad real de las ideas “foquistas” y su profundo arraigo en las tesis y la teoría revolucionarias, lo cual, desde ya, está muy lejos de la variante maniquea y caricaturesca que han pretendido presentar desde el reformismo tributario de izquierda.

El fracaso del “foquismo”
Si siguiésemos el vago razonamiento del reformismo, el “foquismo” constituye un arcaísmo romántico que incluso puede merecer una estatua de bronce en la ciudad natal de su máximo publicista, lejos queda de ser una nítida experiencia político-revolucionaria de la que se pueden extraer lecciones válidas en la actualidad.
Como dijimos, este reformismo es propuesto por la izquierda tributaria de la casta dirigente y, como tal, es funcional a la estabilidad de la explotación capitalista, en inmediata consecuencia, de todo lo que diga esta lacra debemos tener una valoración tan importante como la que damos a cada sonido que emite la boca de Benedicto XVI, para ser más claro, debemos tenerla como propaganda contrarrevolucionaria.
El primer elemento que debemos entender en cuenta para entender el valor actual del “foquismo” es que su aporte teórico no resulta inmutable a las especificidades histórico-sociales del presente, caso contrario, deberíamos eliminar el estudio histórico como tarea de formación de los militantes socialrevolucionarios. Un ejemplo claro de esto es lo que desde el reformismo se intenta establecer como “vanguardismo” de las organizaciones político-militares de los ’70 en Argentina.
Resulta más que habitual escuchar la descalificación a la experiencia guerrillera en Argentina sobre la base que el ERP habría decidido su zona de operaciones por el supuesto parecido de Tucumán con la Sierra Maestra cubano. El argumento se cae por su propio peso, si tal nimiedad hubiera guiado a Santucho seguramente hablaríamos de la experiencia guerrillera en Misiones, teatro por lejos mucho más propicio y complejo para la acción represiva ante la presencia de fronteras internacionales cercanas. Si el ERP actuó en Tucumán no fue por un supuesto “parecido con” o por cierto ensueño de carácter místico hacia las figuras de Güemes y San Martín, sino porque Tucumán era la base de desarrollo del PRT, lugar donde se había dado una extensa relación política con los trabajadores de la FOTIA y el campesinado rural.
Si la elección del PRT sobre Tucumán no respondió al supuesto “iluminismo vanguardista”, digamos que los planes de operaciones que presentaron las experiencias en torno al “foquismo” dadas en Argentina estaban aún más lejos de esa acusación. Con anterioridad a Santucho, el gran publicista de la táctica “foquista” fue John William Cooke. Tanto en uno como en otro vemos que la supuesta subordinación de la política revolucionaria a la guerrilla rural no es tal, en primer lugar, el “foquismo” no prevé tal cosa, en segundo lugar, la realidad argentina se reconoce muy diferente a la cubana y requiere de la acción de una guerrilla urbana destinada a atosigar la retaguardia de las fuerzas represivas del Estado, además de un fuerte trabajo político sobre las capas más bajas e incluso la oficialidad superior misma de estas fuerzas. Esto último se observa con claridad en que Santucho nunca descarta la concordancia táctica con sectores antiimperialistas de las Fuerzas Armadas y es aún más notorio en la llamada tendencia revolucionaria peronista, que si bien no era propiamente “foquista” no puede negarse la gran influencia que este pensamiento había tenido en su constitución. Ejemplo concreto de esta adaptabilidad del “foquismo” resulta el Operativo Dorrego auspiciado por Oscar Bidegain y protagonizado por la militancia de la tendencia revolucionaria.
Si el “foquismo” fracasó no fue por la repitencia acrítica la experiencia cubana, sino que respondió en cuanto a la más experiencia más claramente identificada con este pensamiento, la del PRT-ERP, por una errónea caracterización donde, ante la aplastante evidencia del giro reaccionario posterior al golpe orquestado contra el Presidente Héctor J. Cámpora, se supuso que la concientización del activo militante podría sobreponerse a la falta de condiciones subjetivas en la masa. Este error mecanicista, sumado a que la acción de la alianza reaccionaria Perón-Lanusse apuró dramáticamente el lanzamiento de la guerrilla, impidió que el plan de operaciones del ERP se desarrollara y lo empujo a un aislamiento donde dejo de ser “retaguardia” de los sectores revolucionarios para ser una “vanguardia” fácilmente aislable y neutralizable.

Caracteres directrices del “foquismo”
Si la idea “foquista” fue válida en los años ’70, también lo es hoy, sigue siendo una nítida experiencia político-revolucionaria que nos puede aportar lecciones válidas para la actualidad, siempre y cuando no intentemos una extrapolación mecanicista. Para ello debiéramos atender los caracteres directrices de esta experiencia y no al mero anecdotario de la acción guerrillera en sí.
Hemos visto que la experiencia “foquista” es una compleja táctica donde se busca un aumento progresivo de la confrontación directa con las fuerzas represivas, como retaguardia a esta ofensiva generalizada, opera la guerrilla propiamente dicha que sirve para dividir el accionar de las fuerzas represivas que deben destacar su vanguardia a la persecución de ésta en un escenario distante al centro de la campaña revolucionaria real que se desarrolla en los grandes centros urbanos, además de esto, la guerrilla actúa como núcleo base de un Ejército Popular capaz de erigirse como garantía del juego de doble poder cuando las condiciones para la insurrección general se hayan establecido. Tal es la experiencia “foquista” propiamente dicha, su influencia sobre los movimientos revolucionarios de las décadas de 1960 y 1970 implicaron variaciones importantes, tal el caso argentino donde la importancia de la guerrilla urbana y del trabajo de captación hacia los sectores antiimperialistas de las Fuerzas Armadas le otorgan claros elementos distintivos.
Sin embargo, este resumen de la idea “foquista” no es lo suficientemente clara si no atendemos a una frase de Ernesto Guevara tan mal utilizada hoy como el resto. Su idea central de los “mil Viet Nam” no es un alegato romántico sino una clarísima lectura de los límites de extrapolar mecánicamente la experiencia cubana a otros territorios y al plano internacional de la lucha revolucionaria.
Si en la especificidad cubana, el desarrollado de un único núcleo guerrillero fue suficiente por desatar la escalada progresiva de la confrontación directa, en otros escenarios esto sería claramente insuficiente. El caso argentino es claro, al circunscribir la guerrilla a Tucumán nunca se logró debilitar la eficacia represiva, con un esfuerzo relativamente limitado, las Fuerzas Armadas, lograron aislar a la guerrilla sin verse en la obligación de desatender sus capacidades represivas en el punto crítico de la campaña insurgente, es decir, los grandes centros urbanos. Si atendemos a que el “foquismo” plantea una escalada progresiva del enfrentamiento directa, notaremos que debe instruir los elementos suficientes para ello.
Si las necesidades del plano internacional de la revolución, hacían que “un Viet Nam” fuera insuficiente, pues Estados Unidos mantenía su eficacia represiva sobre otras realidades como las de la América Ibérica, la realidad de territorios extensos como la Argentina implicaban que “un Tucumán” también fuese insuficiente. Ya hemos dado cuenta que el lanzamiento de la guerrilla fue apresurado por el accionar de la alianza reaccionaria Lanusse-Perón, ya hemos visto el error de una caracterización mecanicista de la influencia de la concientización militante sobre las masas, pero lo cierto es que sólo siendo Santucho podríamos saber si su intención era limitar el accionar “foquista” al teatro tucumano o todo lo contrario.
Los indicios de que hoy disponemos nos llevan a suponer que efectivamente, como argumentan antiguos miembros del ERP, la experiencia tucumana no buscaba otra cosa que el “entrenamiento operacional” de los cuadros guerrilleros y que la concepción de Santucho era mucho más amplia pasando por la articulación en lo local de la OLA (Organización de Liberación de Argentina) y en lo regional de la JCR (Junta de Coordinación Revolucionaria) junto a MLN-Tupamaros de Uruguay, MIR de Chile y ELN de Bolivia, llevándonos a suponer que era plenamente consciente de que la única vía posible de éxito era la formación de una conducción única del esfuerzo insurgente que articulara múltiples focos tanto locales como regionales.
Este elemento es clave del pensamiento “foquista”, la capacidad de articulación unitaria de todos los esfuerzos revolucionarios, el foco guerrillero actúa como cabeza directriz de una ofensiva que se desarrolla en múltiples frentes, de la cual es retaguardia mientras cumple un rol tanto propagandístico como concreto en el papel de la amenaza material de expresión emergente del ejército popular. Volviendo a la propia experiencia argentina, vemos que el “foquismo” chocó con la imposibilidad de las organizaciones en constituirse como fuerza predominante capaz de direccionar, si no de hegemonizar, la multiplicidad de elementos antiimperialistas, la falta de inserción real en los diversos frentes de masa, tal el caso de Uturuncos o el EGP, contribuyó a aislar la guerrilla en vez de que está sirviese como foco multiplicador de los esfuerzos insurgentes, en el caso del ERP, como ya dijimos, si bien tenía una amplia inserción del PRT en los distintos frentes, este no podía tornarse hegemónica por sí mismo en una situación de repliegue relativo de masas.
En suma, lejos de la locura que pretenden caricaturizar el reformismo tributario de izquierda, el “foquismo” implica una táctica insurreccional compleja que implica una dirección fuertemente centralizada de esfuerzos múltiples en frentes diversos y tiene su retaguardia, reserva estratégica y comando central en un organización político-militar de carácter beligerante capaz de hegemonizar o, al menos, direccionar todas las fuerzas puestas en juego, por lo cual, esta organización no se limita al plano militar sino que debe estar ampliamente inserta en los frentes de masas no directamente beligerantes. Tal táctica es adecuada frente a un proceso de auge de masas como preparatoria de un asalto revolucionario del poder, pero, también surge su potencial en momentos de repliegue de las masas, dónde su carácter altamente beligerante permite desnudar las contradicciones que el régimen capitalista entre los postulados liberal-democráticos y su real naturaleza represiva. Sobre estas bases, el Movimiento 26 de Julio alcanzo el éxito en Cuba, y, es más, aplicó el “foquismo” tanto desde lo defensivo (asalto al Cuartel de La Moncada) como desde lo ofensivo (campaña final del Ejército Rebelde).

Valoración del “foquismo” hoy
Quienes desacreditan el “foquismo” como un inútil arcaísmo romántico se topan con la proliferación de organizaciones identificadas con Ernesto “Che” Guevara. Las constantes operaciones para separar al argentino de su compromiso revolucionario y de su convicción beligerante se han visto, una y otra vez, frustradas hasta aquí.
Si alguien supone que la guerrilla y la vía armada propiamente dicha es una opción posible dentro de la estrategia revolucionaria, debemos señalar que ese alguien está totalmente loco o es tributario de las castas dirigentes. La asimetría tecnológica, la pérdida de capacidad operativa de las organizaciones, la crisis ideológica, la caída del sostén material que significaba el bloque soviético y el efecto para el campo popular que trajo el intento de La Tablada, marcan por sí que reintentar mecánicamente el foco sería una rotunda imbecilidad, las propias dificultades del EZLN en México y de las FARC y el ELN en Colombia establecen la tendencia al estancamiento que exhiben experiencias sostenidas en realidades muy diferentes a la nuestra.
No obstante, lejos está el “foquismo” de ser un arcaísmo romántico sino que es, como hemos dicho hasta el hartazgo, una nítida lucha político-revolucionaria de la cual podemos extraer lecciones validas, como son:

1) la tensión progresiva de las contradicciones del régimen capitalista
2) la simultaneidad de la lucha revolucionaria en diversos frentes
3) el carácter insurgente que debe tener la política revolucionaria
4) la concepción dinámica que imprime a las situaciones defensivas del campo revolucionario
5) la importancia del carácter beligerante de la resistencia, es decir, desnudar el carácter represivo del régimen capitalista oculto tras su máscara liberal-democrática
6) la búsqueda de una coordinación superior de los esfuerzos revolucionarias, ya por el hecho que una organización alcance la hegemonía, o, por la construcción de una instancia de coordinación a las organizaciones existentes.

En otros términos, la gran utilidad del “foquismo” hoy consiste en revelarnos de su manera más descarnada los ejes directrices de la teoría revolucionaria en sí misma, manifestando el claro contraste con las políticas de entrega que se proponen desde el reformismo tributario de izquierda y la locura vanguardista de los agitadores a sueldo de izquierda. ¿Es válido el “foquismo” hoy? Sin dudas, sólo debemos saber leer aquellas lecciones que nos enseña desde las concretas especifidades histórico-sociales del presente.

martes, 22 de diciembre de 2009

Qué es el pensamiento revolucionario americano?


En primer lugar, es un pensamiento original surgido en las específicas condiciones de nuestra América Ibérica. Las tendencias socialrevolucionarias propias de la cultura occidental parten de presupuestos que son erróneos para nuestro continente, el concepto mismo de “clase” choca contra la realidad que vivimos ya que las condiciones económicas que padecemos han forjado un vasto abanico de sectores explotados que muy difícilmente pueda asimilarse a la idea de clase. Ya, en otro trabajo, un virulento artículo llamado “¿Lucha de clases o lucha de razas? La acción reaccionaria del marxismo americano” hemos propuesto plantearnos el problema que reviste la idea de clase dentro de la realidad concreta americana. Con ánimos más apaciguados y menor pretensión polémica, podemos ver que la concepción clasista funciona como elemento que disfraza la esencia última de carácter racista de la explotación que sufrimos.
Sin embargo, fuera de ese ánimo provocador e incendiario, el concepto de “raza” se nos hace tan poco apropiado como el de “clase”. ¿Suponemos relaciones sociales de carácter inmutable como las vertientes infantilistas del indigenismo? No, decididamente no es posible concebir el desarrollo de las fuerzas productivas americanas y de las relaciones sociales que se derivan de ellas desde una perspectiva carente de dinámica, si bien el concepto fundante que permite la explotación es el de la supremacía racial y moral de la civilización, el sujeto social explotado representa un grado de dinámica que supera al de la determinación puramente genética.
¿Se proletariza el sujeto explotado? Sería una explicación tanto o más infantil que la puramente genética, la explicación puramente económica falla por todos lados, este reduccionismo, en principio, burla la realidad de fuerzas productivas que a mucha distancia están de ser de carácter industrial. Sencillamente, sin industria, el proletariado no existe y nuestra formación viene precisamente determinada por el carácter rentístico de nuestra élite dirigente.
La composición de la masa explotada americana viene determinada por una muy compleja convergencia de factores sociales, económicos, culturales y hasta genéticos, que hacen que la categoría a que podamos echar mano simplemente no exista, aunque para aproximarnos lo más efectistamente posible a una clasificación debamos recurrir a la idea de “casta”, no sin hacer determinadas aclaraciones.

La sociedad de castas americana
¿Es preciso hablar de castas? No, pero refiere a una estratificación de la sociedad que viene dada por razones socio-culturales más que puramente económicas, y, por otro lado, permite referir el gran estatismo de la estructura social americana sin suprimir todo dinamismo como sería en el concepto puramente genético.
¿Quiénes integran la casta de explotados? Aquí la dinámica. Si entendemos que la razón fundante de la explotación es la alegada supremacía moral y racial de la civilización (Europa Occidental) sobre la barbarie (América) veremos que los dominados son los “americanos” y su identificación varía históricamente.
Si, en principio, los americanos son los pueblos originarios, la dinámica del desarrollo de la fuerzas productivas y de las relaciones sociales de producción, en el tránsito de insertar y adaptar nuestra economía al capitalismo global, requerirán el constante aumento de la masa explotada de americanos, así, mientras la élite dirigente se europeíza, la masa explotada se americanaza.
¿Es un proceso económico? También, pero su fundamento último no es el mero éxito económico sino que se ve atravesado por un razonamiento socio-cultural que establece como elemento estático e inmutable la supremacía moral y racial de aquellos que son civilizados (élite dirigente) sobre quienes no (americanos).
Si los pueblos originarios son americanos, a ellos se incorporaran con progresividad histórica los elementos sociales fruto del natural mestizaje pero también las capas más bajas de la propia sociedad blanca. La absurda frase “es negro de cabeza” revela el carácter fundacional racista de nuestra explotación, todos estos sectores sociales son incluidos por el imaginario colectivo dentro de los cánones de la América morena y dominada.
Los sectores sociales americanizados pueden tener éxito económico, pero, sin embargo, nunca podrán ingresar a la élite dirigente, pues la razón última de su dominación no es la económica sino que radica en motivaciones socioculturales.

Estructura y superestructura
El concepto de lucha de clases, como tantos otros, para los americanos, no es más que un criterio operativo en el análisis social, valido para observar el desarrollo de la lucha en la estructura económica. Sin embargo, la lucha revolucionaria americana no es predominantemente estructural como sucede en el contexto europeo dónde el planteo de una élite dominante fundada en su supremacía moral y racial es totalmente ilógico por tratarse de formaciones sociales homogéneas, sino que nuestra lucha revolucionaria se da ante todo en la superestructura.
Si la estructura económica capitalista funda la superestructura ideológica que justifica la supremacía material de una clase sobre otra, en nuestro caso, es la superestructura ideológica la que justifica el establecimiento de un modo de producción dado. Así como Jauretche daba vuelta un mapamundi para combatir la concepción europeísta de nuestras relaciones sociales, nosotros debemos “poner patas para arriba” la lógica revolucionaria, aquí, la superestructura cambia la estructura y no al revés.
Si la lucha en la estructura económica es innegable e inevitable, pues al buscar formas progresivas de socialización de las fuerzas productivas sirve para restar espacios y poner en contradicción a la razón de ser de nuestra élite dirigente, sin embargo, la disputa fundamental se da en el plano del aparato ideológico superestructural.
Si Jauretche supo observar la “colonización pedagógica” y ponerla en jaque, la tarea de nuestros tiempos es poner en jaque la “civilización pedagógica”, donde se da como equivalente de cultura al término civilización que sólo refiere a lógica fundante de la formación social europea occidental, es decir, revertir completamente la infame tarea del izquierdismo nacionalizado por demostrar que nuestra cultura también es civilizada, lo cuál no sólo es falso sino que es imposible.
Esta posibilidad de “poner patas para arriba” la lógica europeísta es la simiente del pensamiento revolucionario americano, agotado el aparato ideológico, la superestructura, que fundamente la predominancia de una élite dirigente es que queda el campo libre para plantearse un estructura económica diferente que tiene su realidad en la experiencia comunitaria concreta del subsuelo de la Patria.